miércoles, 20 de febrero de 2013

ASIGNACIÓN IRPF A FAVOR DE LA IGLESIA

Nuevo sistema de asignación tributaria




El nuevo sistema de asignación tributaria a favor de la Iglesia.

Durante el mes de diciembre de 2006, el Estado Español y la Santa Sede acuerdan la reforma del sistema de asignación tributaria y la adaptación del régimen de IVA de la Iglesia a los requerimientos de la Comisión Europea.

La Ley de presupuestos de 2007 incluye el desarrollo de dicho sistema, que se resume en los siguientes puntos:

Elevación, con carácter indefinido, del porcentaje de asignación tributaria que pasa del 0,5239 al 0,7%.
La Iglesia percibirá únicamente, la cantidad que resulte de la asignación tributaria. Desaparece el complemento presupuestario, es decir, la Iglesia deja de recibir cantidades con cargo a los presupuestos Generales del Estado para su sostenimiento básico.

La primera declaración en la que los contribuyentes pudieron asignar el 0,7% se realizaró en 2008.

Se renuncia a la exención por IVA en la adquisición de bienes inmuebles y en la adquisición de objetos destinados al culto.

Se trata de un sistema que respeta la libetad religiosa, ya que los ciudadanos que voluntariamente lo desean, deciden (marcando la X de la Iglesia), si quieren que un porcentaje de sus impuestos se destine a sufragar las necesidades de la Iglesia. No hay complementos presupuestarios. Se avanza, por tanto, en la autofinanciación de la Iglesia.




(Conferencia Episcopal / ReL)

En la última declaración de la Renta, correspondiente al IRPF 2011 (Campaña de la Renta 2012) un total de 7.357.037 declaraciones han sido a favor de la Iglesia Católica, lo que supone que la cantidad total recaudada por Asignación Tributaria es de 247,1 millones de euros.

Teniendo en cuenta que el 23,24% de las declaraciones son conjuntas, se puede estimar que en torno a 9,1 millones de declarantes asignaron a favor de la Iglesia, un millón más de los que asignaban en el año 2007.

En estas cifras no se incluyen aquellos contribuyentes que, obteniendo rentas sujetas a IRPF, no están obligados a hacer declaración y que según los últimos datos de Hacienda publicados, ascienden a 6,7 millones de contribuyentes.

Datos comparados con años anteriores

Si comparamos los datos de la última Declaración de la Renta con los de la campaña inmediatamente anterior, el número total de declaraciones a favor de la Iglesia ha disminuido en 97.786, aunque se mantiene por encima del año 2009 en casi 100.000.

La cantidad total asignada baja 1,2 millones de euros (0,49%), cifra que, teniendo en cuenta la coyuntura económica, puede juzgarse satisfactoria.

Por su parte, el porcentaje de declaraciones queda en el 34, 83%, inferior al obtenido en 2010 (35,71%), aunque superior al obtenido en 2009 y años anteriores del nuevo sistema.

Para analizar estos datos, hay que tener en cuenta que el año anterior se había producido el mayor incremento de asignantes en 10 años. El leve descenso supone ahora exactamente la mitad del crecimiento del año anterior.

Desde 2007, se ha producido un aumento de casi 900.000 declaraciones a favor de la Iglesia Católica, exactamente de 873.857.
No obstante, ya desde el año pasado, a pesar de aumentar el número de declarantes, debido a la crisis ha descendido la cantidad total recaudada.

Valoración moderadamente positiva

En general, la valoración sobre los datos de la asignación tributaria de 2011 a favor de la Iglesia es moderamente positiva, pues, aún con el lógico descenso de la cantidad global, puede considerarse un buen dato en estos momentos de grave crisis económica.

La Conferencia Episcopal Española (CEE) tiene la intención de seguir trabajando para informar acerca de la labor de la Iglesia y para animar a que cada vez sean más los que marquen la X en su Declaración a favor de la Iglesia. Marcar la casilla no cuesta nada y, sin embargo, rinde mucho.

Agradecimiento XTANTOS que necesitan tanto

Un año más, la Conferencia Episcopal agradece la colaboración de todos los contribuyentes que han marcado la casilla de la Iglesia Católica en su Declaración de la Renta y recuerda que las otras formas de colaboración al sostenimiento de la Iglesia, como son por ejemplo las colectas o las suscripciones, continúan siendo absolutamente indispensables. Asimismo, mantiene el compromiso de garantizar y mantener el sostenimiento de las actividades básicas de la Iglesia en niveles de eficacia y austeridad semejantes a los que han venido siendo habituales hasta ahora.

La decisión personal de los contribuyentes a la hora de marcar la casilla seguirá siendo fundamental. Pueden hacerlo o bien sólo para la Iglesia Católica, o bien conjuntamente para la Iglesia Católica y para los llamados “Otros fines sociales”. Ninguna de las dos opciones significa que el contribuyente vaya a tener que pagar más ni que le vayan a devolver menos.

La labor religiosa y espiritual de la Iglesia, ya de por sí de gran significado social, lleva además consigo otras funciones sociales:

-la enseñanza;

-la atención integral a los niños, los ancianos, los discapacitados;

-la acogida de los inmigrantes;

-la ayuda personal e inmediata a quienes la crisis económica pone en dificultades;

-los misioneros en los lugares más pobres de la tierra.



Todo ello surge de las vidas entregadas y de la generosidad suscitada en quienes han encontrado su esperanza en la misión de la Iglesia. Con poco dinero, y gracias a la generosidad de millones de personas en todo el mundo, la Iglesia sigue haciendo mucho por tantos que todavía necesitan tanto.



miércoles, 13 de febrero de 2013

IGLESIA, SOCIEDAD, VIDA POLÍTICA Y CRISIS: Mons. Adolfo González Montes

El pasado día 9 de los corrientes, Adolfo González Montes, Obispo de Almería, era entrevistado por José Manuel vidal en "periodistadigital.com". Transcribo el link.

http://www.periodistadigital.com/religion/diocesis/2013/02/09/adolfo-gonzalez-montes-la-politica-ha-de-ser-un-servicio-y-no-un-negocio-iglesia-religion-papa-almeria-crisis-corrupcion.shtml.


Me parece muy interesante la entrevista, en la que Monseñor Adolfo González Montes -Obispo de Almería- habla de la Iglesia, su papel en la sociedad actual, en la vida política y ante la crisis. Como si supieran ambos, entrevistador y entrevistado, lo que iba a suceder dos días más tarde en el Vaticano, el periodista pregunta al Obispo su opinión sobre Benedicto XVI en su faceta de teólogo, en su faceta de twittero (dicho sea con todos los respetos) y en relación a la opinión histórica que quedará sobre el Papa. La entrevista es muy sustanciosa y en el link pueden leerla en su totalidad. Me limito aquí a poner el resumen que en titulares entresaca -de frases del obispo- el periodista.
Algunos titulares


Me molesta la manipulación programada del libro del Papa

Para atajar la corrupción, la iglesia puede proponer a tiempo y a destiempo la fuerza renovadora del Evangelio

La corrupción en los políticos no es un hecho aislado, hay corrupción en la sociedad

La historia acredita que no hay otro camino para organizar la convivencia que la democracia política

La política ha de ser un servicio y no un negocio

Creo que es patente a todo el mundo, salvo para los que no quieran verlo, que la Iglesia está ayudando entregadamente a los que más sufren con la crisis

La Iglesia alimenta la esperanza en el amor de Dios por los seres humanos

Ya antes de la crisis, los obispos denunciamos una situación en la que el enriquecimiento fácil era la gran tentación

No es justo que caigan los peores efectos de la crisis sobre los más desvalidos económicamente

No sé si los obispos podemos hacer más, porque poner el dedo en la llaga lo venimos haciendo

La sociedad secularizada acusa una enorme necesidad de fe religiosa

El reto de los nuevos teólogos es hacerle un sitio a la Teología en este nuevo contexto

Era necesario intervenir en el caso de Torres Queiruga para salvaguardar la identidad de la fe y la comunión eclesial

Benedicto XVI es ya un gran Papa y pasará a la historia por su servicio a la verdad de la fe

martes, 12 de febrero de 2013

SOBRE LA RENUNCIA DEL PAPA BENEDICTO XVI


Tras casi ocho años de Pontificado, Benedicto XVI ha renunciado al Ministerio de Pedro, porque ha “llegado a la certeza de que, por la edad avanzada (casi 86 años) ya no tengo fuerzas para ejercer el ministerio petrino”.

Tal decisión resulta aparentemente inédita, habida cuenta el largo período de tiempo desde que otro Papa renunciara a la silla de Pedro. Exactamente hace 598 que Gregorio XII, veneciano y con nombre de pila Angelo Correr, se retiró (año 1415), dos años antes de morir. Aunque cuasi inédita –por lo poco habitual o frecuente-, sin embargo, la renuncia no es una decisión que comporte anomalía teológica o eclesial alguna.

NO IMPLICA ANOMALÍA TEOLÓGICA. No implica anomalía teológica, porque el munus petrinus, es un ministerio, es decir, una tarea encomendada por la Iglesia que debe ser tomada y considerada como un servicio. Y este servicio solamente puede ser cumplido, en toda su amplitud, si el servidor se encuentra en plenitud física, psíquica y espiritual. A Benedicto XVI no le fallaba la plenitud espiritual, entendida ésta como vocación sacerdotal, pero, física y psíquicamente se encontraba un tanto debilitado desde hacía un par de años. Así lo reconoce en su alocución, al anunciar la renuncia:

“…en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado”. Imposible decirlo mejor, más conciso y con las palabras justas y adecuadas.

El Papa al renunciar, reconociendo públicamente que no tiene fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio, dada la dificultad de la tarea “en el mundo de hoy”, y reconociendo su “incapacidad para ejercer bien el ministerio” ha demostrado su calidad y su sensibilidad humana y sacerdotal. Calidad humana que acredita en el penúltimo párrafo de su alocución, al dar a sus “Queridísimos hermanos… las gracias de corazón por todo el amor y el trabajo con que habéis llevado junto a mí el peso de mi ministerio”. Calidad humana que en Castilla lo traducimos con una frase muy elocuente: “Es de bien nacidos, ser agradecidos”. El Papa se va explicitando su agradecimiento. Y no solamente el agradecimiento a sus hermanos de la curia romana, sino pidiendo “perdón por todos mis defectos”. Imposible más humildad.

NO IMPLICA ANOMALÍA ECLESIAL. Tampoco comporta anomalía eclesial, pues, como decía al principio, aunque la renuncia no es ni ha sido habitual en la historia del papado, sin embargo, está perfectamente tipificada por la Iglesia en su Código Canónico. En este aspecto, el punto 2 del Canon 332 dice expresamente:
Canon 332 (CIC):

2. Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie.

No se trata de una dimisión –como se suele decir, echando mano de los conceptos y terminología políticos, donde, por cierto, no tiene conjugación el verbo “dimitir”-, sino de una renuncia. Y la finura intelectual del Papa se expresa meridianamente, cuando el requisito de la libertad (“que la renuncia sea libre”), que se asienta, obviamente, en una consciencia previa lo cumple así en su comunicación: “Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro…”. Y la renuncia se ha manifestado “formalmente” al haber sido hecha en un Consistorio Ordinario Público, ante los fieles y los miembros de la jerarquía eclesiástica y, para mayor abundamiento, en la Lengua Oficial de la Iglesia, el Latín. Finura intelectual y exquisitez canónica.

Eclesial y canónicamente, pues, la renuncia no es algo heterodoxo. Es más, ya lo había preanunciado, veladamente, el propio Benedicto XVI, cuando en el año 2010, en el libro-entrevista Luz del Mundo, afirmaba:

Si el Papa llega a reconocer con claridad que física, psíquica y mentalmente no puede ya con el encargo de su oficio, tiene el derecho, y, en ciertas circunstancias, también el deber, de renunciar”.

Y hace tres años, Benedicto XVI afirmaba “que nota cómo sus fuerzas van disminuyendo y que tal vez el trabajo que conlleva el Pontificado sea excesivo para un hombre de 83 años”.

Personalmente, tengo una opinión positiva de la determinación del Papa. Ha demostrado, que para un buen católico, la Iglesia es lo primero, y, al renunciar por falta de fuerzas, nos ha dado un ejemplo maravilloso de sencillez y humildad. Su puesto de servicio estará, en adelante, en “servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria”. Mayor amor a la Iglesia, imposible. Su renuncia adquiere tintes de carácter martirial y es todo un ejemplo de humildad. Sin duda, sentará precedente en el futuro.



lunes, 11 de febrero de 2013

DERECHO CANÓNICO SOBRE EL PAPA



CÁNONES del Codex Iuris Canonici, relativos al Romano Pontífice. El punto 2 del Canon 332 prescribe la validez y formalidad de la renuncia. El Canon 335 regula la situación de Sede Vacante.

Canon 330 Así como, por determinación divina, San Pedro y los demás Apóstoles constituyen un Colegio, de igual modo están unidos entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los Obispos, sucesores de los Apóstoles.


Canon Del Romano Pontífice

Canon 331 El Obispo de la Iglesia Romana, en quien permanece la función que el Señor encomendó singularmente a Pedro, primero entre los Apóstoles, y que había de transmitirse a sus sucesores, es cabeza del Colegio de los Obispos, Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal en la tierra; el cual, por tanto, tiene, en virtud de su función, potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia, y que puede siempre ejercer libremente.

Canon 332

1. El Romano Pontífice obtiene la potestad plena y suprema en la Iglesia mediante la elección legítima por él aceptada juntamente con la consagración episcopal. Por lo tanto, el elegido para el pontificado supremo que ya ostenta el carácter episcopal, obtiene esa potestad desde el momento mismo de su aceptación. Pero si el elegido carece del carácter episcopal, ha de ser ordenado Obispo inmediatamente.

2. Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie.

Canon 333

1. En virtud de su oficio, el Romano Pontífice no sólo tiene potestad sobre toda la Iglesia, sino que ostenta también la primacía de potestad ordinaria sobre todas las Iglesias particulares y sobre sus agrupaciones, con lo cual se fortalece y defiende al mismo tiempo la potestad propia, ordinaria e inmediata que compete a los Obispos en las Iglesias particulares encomendadas a su cuidado.

2. Al ejercer su oficio de Pastor supremo de la Iglesia, el Romano Pontífice se halla siempre unido por la comunión con los demás Obispos e incluso con toda la Iglesia; a él compete, sin embargo, el derecho de determinar el modo, personal o colegial, de ejercer ese oficio, según las necesidades de la Iglesia.

3. No cabe apelación ni recurso contra una sentencia o un decreto del Romano Pontífice.

Canon 334 En el ejercicio de su oficio están a disposición del Romano Pontífice los Obispos, que pueden prestarle su cooperación de distintas maneras, entre las que se encuentra el sínodo de los Obispos. Le ayudan también los Padres Cardenales, así como otras personas y, según las necesidades de los tiempos, diversas instituciones. Todas estas personas e instituciones cumplen en nombre del Romano Pontífice y con su autoridad la función que se les encomienda, para el bien de todas las Iglesias, de acuerdo con las normas determinadas por el derecho.

Canon 335 Al quedar vacante o totalmente impedida la sede romana, nada se ha de innovar en el régimen de la Iglesia universal: han de observarse, sin embargo, las leyes especiales dadas para esos casos.

TEXTO COMPLETO DE LA RENUNCIA DEL PAPA






Agencias 2013-02-11


Este es el texto completo de las palabras que el Papa Benedicto XVI ha dirigido a los fieles y a los miembros de la jerarquía eclesiástica reunidos en Roma, comunicándoles su renuncia al ministerio petrino:

"Queridísimos hermanos,

Os he convocado a este Consistorio, no sólo para las tres causas de canonización, sino también para comunicaros una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia.

Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino. Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando.

Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado.

Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, que me fue confiado por medio de los Cardenales el 19 de abril de 2005, de forma que, desde el 28 de febrero de 2013, a las 20:00 horas, la sede de Roma, la sede de San Pedro, quedará vacante y deberá ser convocado, por medio de quien tiene competencias, el cónclave para la elección del nuevo Sumo Pontífice.

Queridísimos hermanos, os doy las gracias de corazón por todo el amor y el trabajo con que habéis llevado junto a mí el peso de mi ministerio, y pido perdón por todos mis defectos.

Ahora, confiamos la Iglesia al cuidado de su Sumo Pastor, Nuestro Señor Jesucristo, y suplicamos a María, su Santa Madre, que asista con su materna bondad a los Padres Cardenales al elegir el nuevo Sumo Pontífice. Por lo que a mi respecta, también en el futuro, quisiera servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria".

EL PAPA, BENEDICTO XVI, RENUNCIA




Acaba de ser la noticia, muy escueta, de que el Papa cesará en su Pontificado, voluntariamente, el próximo día 28 de febrero, según la agencia de noticias italiana Ansa. Parece ser que, ante el consistorio para la canonización de los mártires de Otranto, ha dicho las siguientes palabras:
"He llegado a la certeza de que mis fuerzas, debido a mi avanzada edad, no se adecúan por más tiempo al ejercicio de mi Ministerio".

Y, según un comunicado publicado en Radio Vaticana, ha añadido:

"Con total libertad declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma y Sucesor de Pedro"
La noticia, aún no confirmada por el Vaticano, me ha cogido, como creo que a todo el mundo, sorpresivamente. No es nada habitual que un Papa renuncie al Ministerio y por ello, de momento, cuelgo simplemente la noticia, dejando un comentario al respecto, para cuando me reponga de la sorpresa.

viernes, 8 de febrero de 2013

V DOMINGO ORDINARIO: Lectura del Evangelio



Lc 5,1-11: Dejándolo todo, lo siguieron.

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes.

Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:
-Rema mar adentro y echad las redes para pescar.

Simón contestó:
-Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.

Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo:
-Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.

Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

Jesús dijo a Simón:

-No temas: desde ahora serás pescador de hombres.

Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

jueves, 31 de enero de 2013

"BASTA YA A ESTE DESPLOME MORAL"



En "La Razón" digital del 29 de los corrientes, don Antonio Cañizares firma un espléndido artículo sobre la situación espantosa que padecemos en España. Me adhiero a su análisis y a sus perspectivas de solución.
Román Encabo. 


¿Qué nos está sucediendo en España? Nos encontramos en una situación que produce casi vértigo. Los problemas de la crisis económica, con sus derivaciones y sus duras repercusiones, sobre todo en tantos miles y miles de familias, en más de seis millones de parados, se agravan mucho más, inmersos, como estamos, en tantos y tan graves presuntos casos de corrupción, muy relacionados con la política, que nos envuelven en una especie de tupida nube de contaminación que hace casi irrespirable el ambiente. No recuerdo, en mis años, un ambiente tan enrarecido de corrupción como el que ahora nos azota como vendaval devastador de imprevisibles consecuencias.


¿Cómo se puede tolerar que mientras tantos millones están sin empleo, mientras tantos tienen que acudir a personas o instituciones para que les ayuden a cubrir necesidades básicas, tan básicas como la comida, o el vestido, o la vivienda, o las medicinas... ocurran estos presuntos casos de corrupción de todo signo y color? La gente, así, no puede tener confianza, ni capacidad, ni fuerzas para un rearme moral, ni energías para reemprender un nuevo camino de futuro. Si quienes deberían ser ejemplares siempre tienen estos comportamientos injustificables, ¿qué es lo que hay que hacer, hacia dónde mirar, quién puede ilusionar y animar? Por supuesto que no se puede generalizar y ni siquiera, mientras no se pronuncie la Justicia, se puede hablar de casos reales, sino sólo de presuntos. Pero es que, después y por otra parte, también ciertas actuaciones de la Justicia hacen cundir entre la gente un gran desaliento, escepticismo y desconfianza hacia una justicia verdadera y justa. Así cunde, se extiende, profundiza la quiebra moral que padecemos y que ha dado origen a este notable desplome moral. La sociedad se desmoraliza porque pierde capacidad y conciencia moral y porque le falta esa «moral», en otro sentido, que se necesita para ganar y caminar con un nuevo vigor hacia un futuro nuevo y renovado.

Sin duda, está siendo ejemplar, en general, el comportamiento de los españoles ante la crisis. Han comprendido perfectamente que son medidas necesarias de austeridad, de colaboración en la recuperación que nos atañe a todos, de solidaridad con otros más necesitados y con el bien común. Se va tomando conciencia de algunas de las causas que están en el origen de la crisis; se ve que es preciso un modo de vivir distinto al que teníamos por encima de nuestras posibilidades, la responsabilidad común ante las carencias de todos ha crecido; se ha revalorizado todavía más el papel insustituible de la familia. Es verdad que tampoco faltan actitudes insolidarias, intereses propios y no siempre justos, ni desestabilizadores bien «pertrechados». Pienso, además, que también sigue muy incrustado todavía en nuestras vísceras el afán por el tener, por el bienestar logrado, por pasarlo bien como sea, porque nos lo den todo hecho.

Hace unos veinte años aproximadamente vivimos en España una quiebra moral, incluso con algunas manifestaciones de corrupción política muy aireadas por los medios. Aquello dio lugar a un gran documento de la Conferencia Episcopal Española, «La verdad os hará libres», que, con plena vigencia para la actualidad, ponía el dedo en la llaga y ofrecía al conjunto de los católicos y a toda la sociedad española una reflexión, que, desgraciadamente, no fue escuchada como debiera. Hoy hace falta una reflexión como aquélla, no ya por parte de la Iglesia sólo, sino por parte de todos, de la sociedad, de las fuerzas sociales y políticas... Es preciso pararse, reflexionar, encontrar caminos que conduzcan a la solución del problema ético que está en la base, y ser decididos en la aplicación y seguimiento de esos caminos que, sencillamente, son tan simples como seguir el camino del bien y abandonar el camino del mal. El deterioro moral existe. Da la impresión que aquí vale todo si trae poder, dinero, comodidades y sensaciones placenteras, tener. . . Está claro, por lo demás, que el deterioro moral trae consigo una pérdida de humanidad y cuando se pierde humanidad no hay posibilidad de remontar nada. Ahí estamos.

No puedo dejar de traer aquí unas palabras de Monseñor Antonio Palenzuela, en 1993, que, en una situación similar a la de ahora, decía: lo que nos pasa «más de raíz que económica es el deterioro moral, pues, al fin y al cabo, aquélla es una consecuencia, un síntoma de ese desplome humano, el moral. Hay, además, quienes sostienen que si la humanidad no llega a compartir firmemente unas convicciones morales, no podrá pervivir sobre la tierra, pues terminará por suprimir las condiciones de su vida en ella. Pero sea de esto lo que fuere, sería muy deseable que se afirmase y compartiese entre nosotros una ética civil, (una moral natural, la del bien y el mal, lo bueno y lo malo): sin ella no se ve cómo puede sostenerse una convivencia en paz y libertad. Pero hasta ahora los hombres han sostenido unos valores y normas morales, –otra cosa es que obrasen siempre conformes a ellos–, porque los habían recibido vitalmente de una larga tradición a través de la familia. Ahora bien, lo «progresista» es emanciparse de esas realidades. Por eso, porque los poderes culturales son incapaces de generar una tradición viva, «no se ve asomar en el horizonte la vigencia de una ética civil en la vida y no sólo en la letra» (A. Palenzuela), de una moral natural que llevamos inscrita en la gramática humana por el Creador, y es la que corresponde a lo que es el bien y el mal, lo bueno, lo verdadero, por sí y en sí mismo. Hemos de decir todos, todos juntos: «¡Basta ya a este desplome moral!». Estamos a tiempo de cambiar. Podemos y debemos hacerlo

miércoles, 30 de enero de 2013

LA VISIÓN CRISTIANA DEL HOMBRE

En este Año de la Fe, que los católicos estamos viviendo, el Papa continuamente en sus discursos, homilías y escritos está arrojando luz sobre la relación Fe y Razón, Ciencia y Fe. Al hacerlo, siempre resalta esa antropología cristiana o humanismo cristiano que subyace en todo nuestro ser y actuar. Desde una antropología cristiana, se descubre que el ser humano es, inicialmente, una persona con un elemento constitutivo y constituyente que posee una doble dimensión: la vertical y horizontal. Solamente se desarrolla como persona si su ser y actuar están enraizados en y se dirigen hacia Dios. Dimensión vertical. Pero, a la vez, hay una dimensión horizontal, que implementa la vertical, que nos hace sociables y que exige que nuestro quehacer sea hecho en común con nuestros semejantes, sintiendo con ellos, com-padeciéndonos con ellos y, más aún, viendo en el rostro de cada uno de ellos el rostro de Cristo, el Dios y Hombre verdadero. En Cristo hemos reconocido el "rostro" de Dios, barruntamos el Ser de Dios; y en Cristo descubrimos nuestro propio ser, nuestra naturaleza humana, y tomamos conciencia de que sólo en El seremos nosotros mismos, seremos personas, descubriremos nuestro más genuino y propio ser.
No obstante, el Papa alerta sobre el peligro de una reducción antropológica que, arropada de buenos sentimientos, convierte al hombre y a la mujer en algo individual, dueño de su propio ser y actuar, sin atadura de ningún tipo a instancia alguna ajena a él. En una palabra absolutiza al hombre.  Desde esta concepción sibilina y desviada, estamos apartando al hombre de encontrar, descubrir y vivir "esa dignidad integral, en el respeto a su doble dimensión vertical y horizontal", que decíamos.
A continuación transcribo unos párrafos del discurso de Benedicto XVI a la plenaria de Cor Unum.
Román Encabo.




"La fe y el sano discernimiento cristiano nos inducen por eso a prestar una atención profética a esta problemática ética y a la mentalidad que subyace a ella. La justa colaboración con instancias internacionales en el campo del desarrollo y de la promoción humana no debe hacernos cerrar los ojos ante estas graves ideologías, y los pastores de la Iglesia -la cual es "columna y fundamento de la verdad" (1 Tm 3, 15)- tienen el deber de poner en guardia contra estas corrientes tanto a los fieles católicos como a toda persona de buena voluntad y de recta razón. Se trata en efecto de una corriente negativa para el hombre, aunque se enmascare de buenos sentimientos con vistas a un presunto progreso o a presuntos derechos, o a un presunto humanismo. Frente a esta reducción antropológica, ¿qué tarea le corresponde a cada cristiano y, en particular, a vosotros, comprometidos en actividades caritativas, y por tanto en relación directa con muchos otros protagonistas sociales? Ciertamente debemos ejercer una vigilancia crítica y, a veces, rechazar financiamientos y colaboraciones que, directa o indirectamente, favorezcan acciones o proyectos en contraste con la antropología cristiana. Pero positivamente la Iglesia siempre está comprometida en promover al hombre según el designio de Dios, en su dignidad integral, en el respeto de su doble dimensión vertical y horizontal. A esto tiende también la acción de desarrollo de los organismos eclesiales. La visión cristiana del hombre en efecto es un grande sí a la dignidad de la persona llamada a la comunión íntima con Dios, una comunión filial, humilde y confiada. El ser humano no es ni individuo independiente ni elemento anónimo en la colectividad, sino más bien persona singular e irrepetible, intrínsecamente ordenada a la relación y la socialización. Por eso la Iglesia reafirma su gran sí a la dignidad y a la belleza del matrimonio como expresión de alianza fiel y fecunda entre un hombre y una mujer, y el no a filosofías como la del gender se motiva en que la reciprocidad entre lo masculino y lo femenino es expresión de la belleza de la naturaleza querida por el Creador".

domingo, 27 de enero de 2013

DOMINGO 27 ENERO: Evangelio III Domingo Ordinario

Lc 1,1-4;4,14-21: Hoy se cumple esta Escritura.


Ilustre Teófilo:

Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la Palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.

En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea, con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.

Fue Jesús a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el Libro del Profeta Isaías y, desenrrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:

«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres,
para anunciar a los cautivos la libertad,
y a los ciegos, la vista.

Para dar libertad a los oprimidos;
para anunciar el año de gracia del Señor.»

Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba, y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles:

-Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.

viernes, 25 de enero de 2013

EL AÑO DE LA FE: CARTA APOSTÓLICA "PORTA FIDEI"


Copiada de la página web del Vaticano (VIS), me tomo la licencia de colgar aquí la Carta Apóstolica del Papa, convocando "El Año de la Fe".
En esta página irá solamente, y tras este breve comentario introductorio, el texto íntegro de la mencionada Carta Apóstolica, que es, en sí mismo -según creo yo-,   muy interesante y  por lo que quiero que en mi blog quede constancia. En posteriores entradas, iré haciendo comentarios a la misma e intentaré, también, traer aquí algunas ideas y reflexiones de Mons. Fernando Sebastián Aguilar, plasmadas en su reeditado y maravilloso libro "LA FE QUE NOS SALVA".
Quiero de esta forma, sencilla y humilde, abrirme al deseo del Papa a prepararme reflexivamente durante este Año de la Fe, ahondando en las raíces de mi fe y pidiendo que el Señor"aumente nuestra Fe". Asimismo, desde esta atalaya tan escondida y desconocida de mi blog quiero explicitar aquel deseo de San Pablo, que hemos de hacer personal y propio todos los cristianos: «Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1).
Román Encabo,




CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE MOTU PROPRIO

 "PORTA FIDEI",

DEL SUMO PONTÍFICE BENEDICTO XVI, 

 CON LA QUE SE CONVOCA

 EL AÑO DE LA FE



1. «La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22). Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo– equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de los siglos en la espera del retorno glorioso del Señor.

2. Desde el comienzo de mi ministerio como Sucesor de Pedro, he recordado la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo. En la homilía de la santa Misa de inicio del Pontificado decía: «La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud»[1]. Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado[2]. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.

3. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). En efecto, la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna» (Jn 6, 27). La pregunta planteada por los que lo escuchaban es también hoy la misma para nosotros: «¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28). Sabemos la respuesta de Jesús: «La obra de Dios es ésta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6, 29). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación.

4. A la luz de todo esto, he decidido convocar un Año de la fe. Comenzará el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013. En la fecha del 11 de octubre de 2012, se celebrarán también los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado por mi Predecesor, el beato Papa Juan Pablo II,[3]con la intención de ilustrar a todos los fieles la fuerza y belleza de la fe. Este documento, auténtico fruto del Concilio Vaticano II, fue querido por el Sínodo Extraordinario de los Obispos de 1985 como instrumento al servicio de la catequesis[4], realizándose mediante la colaboración de todo el Episcopado de la Iglesia católica. Y precisamente he convocado la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, en el mes de octubre de 2012, sobre el tema de La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Será una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe. No es la primera vez que la Iglesia está llamada a celebrar un Año de la fe. Mi venerado Predecesor, el Siervo de Dios Pablo VI, proclamó uno parecido en 1967, para conmemorar el martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en el décimo noveno centenario de su supremo testimonio. Lo concibió como un momento solemne para que en toda la Iglesia se diese «una auténtica y sincera profesión de la misma fe»; además, quiso que ésta fuera confirmada de manera «individual y colectiva, libre y consciente, interior y exterior, humilde y franca»[5]. Pensaba que de esa manera toda la Iglesia podría adquirir una «exacta conciencia de su fe, para reanimarla, para purificarla, para confirmarla y para confesarla»[6]. Las grandes transformaciones que tuvieron lugar en aquel Año, hicieron que la necesidad de dicha celebración fuera todavía más evidente. Ésta concluyó con la Profesión de fe del Pueblo de Dios[7], para testimoniar cómo los contenidos esenciales que desde siglos constituyen el patrimonio de todos los creyentes tienen necesidad de ser confirmados, comprendidos y profundizados de manera siempre nueva, con el fin de dar un testimonio coherente en condiciones históricas distintas a las del pasado.

5. En ciertos aspectos, mi Venerado Predecesor vio ese Año como una «consecuencia y exigencia postconciliar»[8], consciente de las graves dificultades del tiempo, sobre todo con respecto a la profesión de la fe verdadera y a su recta interpretación. He pensado que iniciar el Año de la fe coincidiendo con el cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II puede ser una ocasión propicia para comprender que los textos dejados en herencia por los Padres conciliares, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza»[9]. Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia»[10].

6. La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó. Precisamente el Concilio, en la Constitución dogmática Lumen gentium, afirmaba: «Mientras que Cristo, “santo, inocente, sin mancha” (Hb 7, 26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5, 21), sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2, 17), la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación. La Iglesia continúa su peregrinación “en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios”, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. 1 Co 11, 26). Se siente fortalecida con la fuerza del Señor resucitado para poder superar con paciencia y amor todos los sufrimientos y dificultades, tanto interiores como exteriores, y revelar en el mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz»[11].

En esta perspectiva, el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31). Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4). Gracias a la fe, esta vida nueva plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección. En la medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los afectos, la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y transforman lentamente, en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida. La «fe que actúa por el amor» (Ga 5, 6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre (cf. Rm 12, 2; Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2 Co 5, 17).

7. «Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe. El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo»[12]. El santo Obispo de Hipona tenía buenos motivos para expresarse de esta manera. Como sabemos, su vida fue una búsqueda continua de la belleza de la fe hasta que su corazón encontró descanso en Dios.[13]Sus numerosos escritos, en los que explica la importancia de creer y la verdad de la fe, permanecen aún hoy como un patrimonio de riqueza sin igual, consintiendo todavía a tantas personas que buscan a Dios encontrar el sendero justo para acceder a la «puerta de la fe».

Así, la fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in crescendo continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios.

8. En esta feliz conmemoración, deseo invitar a los hermanos Obispos de todo el Orbe a que se unan al Sucesor de Pedro en el tiempo de gracia espiritual que el Señor nos ofrece para rememorar el don precioso de la fe. Queremos celebrar este Año de manera digna y fecunda. Habrá que intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo. Tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo; en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre. En este Año, las comunidades religiosas, así como las parroquiales, y todas las realidades eclesiales antiguas y nuevas, encontrarán la manera de profesar públicamente el Credo.

9. Deseamos que este Año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, que es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza»[14]. Al mismo tiempo, esperamos que el testimonio de vida de los creyentes sea cada vez más creíble. Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada[15], y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este Año.


No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón»[16].

10. En este sentido, quisiera esbozar un camino que sea útil para comprender de manera más profunda no sólo los contenidos de la fe sino, juntamente también con eso, el acto con el que decidimos de entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios. En efecto, existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento. El apóstol Pablo nos ayuda a entrar dentro de esta realidad cuando escribe: «con el corazón se cree y con los labios se profesa» (cf. Rm 10, 10). El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo.

A este propósito, el ejemplo de Lidia es muy elocuente. Cuenta san Lucas que Pablo, mientras se encontraba en Filipos, fue un sábado a anunciar el Evangelio a algunas mujeres; entre estas estaba Lidia y el «Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo» (Hch 16, 14). El sentido que encierra la expresión es importante. San Lucas enseña que el conocimiento de los contenidos que se han de creer no es suficiente si después el corazón, auténtico sagrario de la persona, no está abierto por la gracia que permite tener ojos para mirar en profundidad y comprender que lo que se ha anunciado es la Palabra de Dios.

Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso.

La misma profesión de fe es un acto personal y al mismo tiempo comunitario. En efecto, el primer sujeto de la fe es la Iglesia. En la fe de la comunidad cristiana cada uno recibe el bautismo, signo eficaz de la entrada en el pueblo de los creyentes para alcanzar la salvación. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: «“Creo”: Es la fe de la Iglesia profesada personalmente por cada creyente, principalmente en su bautismo. “Creemos”: Es la fe de la Iglesia confesada por los obispos reunidos en Concilio o, más generalmente, por la asamblea litúrgica de los creyentes. “Creo”, es también la Iglesia, nuestra Madre, que responde a Dios por su fe y que nos enseña a decir: “creo”, “creemos”»[17].

Como se puede ver, el conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia. El conocimiento de la fe introduce en la totalidad del misterio salvífico revelado por Dios. El asentimiento que se presta implica por tanto que, cuando se cree, se acepta libremente todo el misterio de la fe, ya que quien garantiza su verdad es Dios mismo que se revela y da a conocer su misterio de amor[18].

Por otra parte, no podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aún no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico «preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de «lo que vale y permanece siempre»[19]. Esta exigencia constituye una invitación permanente, inscrita indeleblemente en el corazón humano, a ponerse en camino para encontrar a Aquel que no buscaríamos si no hubiera ya venido[20]. La fe nos invita y nos abre totalmente a este encuentro.

11. Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II. En la Constitución apostólica Fidei depositum, firmada precisamente al cumplirse el trigésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, el beato Juan Pablo II escribía: «Este Catecismo es una contribución importantísima a la obra de renovación de la vida eclesial... Lo declaro como regla segura para la enseñanza de la fe y como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial»[21].

Precisamente en este horizonte, el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica. En efecto, en él se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los Maestros de teología a los Santos de todos los siglos, el Catecismo ofrece una memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su vida de fe.

En su misma estructura, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta el desarrollo de la fe hasta abordar los grandes temas de la vida cotidiana. A través de sus páginas se descubre que todo lo que se presenta no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia. A la profesión de fe, de hecho, sigue la explicación de la vida sacramental, en la que Cristo está presente y actúa, y continúa la construcción de su Iglesia. Sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos. Del mismo modo, la enseñanza del Catecismo sobre la vida moral adquiere su pleno sentido cuando se pone en relación con la fe, la liturgia y la oración.

12. Así, pues, el Catecismo de la Iglesia Católica podrá ser en este Año un verdadero instrumento de apoyo a la fe, especialmente para quienes se preocupan por la formación de los cristianos, tan importante en nuestro contexto cultural. Para ello, he invitado a la Congregación para la Doctrina de la Fe a que, de acuerdo con los Dicasterios competentes de la Santa Sede, redacte una Nota con la que se ofrezca a la Iglesia y a los creyentes algunas indicaciones para vivir este Año de la fe de la manera más eficaz y apropiada, ayudándoles a creer y evangelizar.

En efecto, la fe está sometida más que en el pasado a una serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos. Pero la Iglesia nunca ha tenido miedo de mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad[22].

13. A lo largo de este Año, será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos.

Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación.

Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega (cf. Lc 1, 38). En la visita a Isabel entonó su canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él (cf. Lc 1, 46-55). Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad (cf. Lc 2, 6-7). Confiada en su esposo José, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes (cf. Mt 2, 13-15). Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario (cf. Jn 19, 25-27). Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14; 2, 1-4).

Por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro (cf. Mt 10, 28). Creyeron en las palabras con las que anunciaba el Reino de Dios, que está presente y se realiza en su persona (cf. Lc 11, 20). Vivieron en comunión de vida con Jesús, que los instruía con sus enseñanzas, dejándoles una nueva regla de vida por la que serían reconocidos como sus discípulos después de su muerte (cf. Jn 13, 34-35). Por la fe, fueron por el mundo entero, siguiendo el mandato de llevar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15) y, sin temor alguno, anunciaron a todos la alegría de la resurrección, de la que fueron testigos fieles.

Por la fe, los discípulos formaron la primera comunidad reunida en torno a la enseñanza de los Apóstoles, la oración y la celebración de la Eucaristía, poniendo en común todos sus bienes para atender las necesidades de los hermanos (cf. Hch 2, 42-47).

Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había trasformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores.

Por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, dejando todo para vivir en la sencillez evangélica la obediencia, la pobreza y la castidad, signos concretos de la espera del Señor que no tarda en llegar. Por la fe, muchos cristianos han promovido acciones en favor de la justicia, para hacer concreta la palabra del Señor, que ha venido a proclamar la liberación de los oprimidos y un año de gracia para todos (cf. Lc 4, 18-19).

Por la fe, hombres y mujeres de toda edad, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Ap 7, 9; 13, 8), han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos: en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban.

También nosotros vivimos por la fe: para el reconocimiento vivo del Señor Jesús, presente en nuestras vidas y en la historia.

14. El Año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad. San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). Con palabras aún más fuertes —que siempre atañen a los cristianos—, el apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe”» (St 2, 14-18).

La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40): estas palabras suyas son una advertencia que no se ha de olvidar, y una invitación perenne a devolver ese amor con el que él cuida de nosotros. Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida. Sostenidos por la fe, miramos con esperanza a nuestro compromiso en el mundo, aguardando «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia» (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1).

15. Llegados sus últimos días, el apóstol Pablo pidió al discípulo Timoteo que «buscara la fe» (cf. 2 Tm 2, 22) con la misma constancia de cuando era niño (cf. 2 Tm 3, 15). Escuchemos esta invitación como dirigida a cada uno de nosotros, para que nadie se vuelva perezoso en la fe. Ella es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros. Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo. Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin.

«Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero. Las palabras del apóstol Pedro proyectan un último rayo de luz sobre la fe: «Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe; la salvación de vuestras almas» (1 P 1, 6-9). La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y el sufrimiento. Cuántos santos han experimentado la soledad. Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf. Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él: presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc 11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre.

Confiemos a la Madre de Dios, proclamada «bienaventurada porque ha creído» (Lc 1, 45), este tiempo de gracia.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de octubre del año 2011, séptimo de mi Pontificado.

BENEDICTO XVI



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[1] Homilía en la Misa de inicio de Pontificado (24 abril 2005): AAS 97 (2005), 710.
(2] Cf. Benedicto XVI, Homilía en la Misa en Terreiro do Paço, Lisboa (11 mayo 2010), en L’Osservatore Romano ed. en Leng. española (16 mayo 2010), pag. 8-9.
(3] Cf. Juan Pablo II, Const. ap. Fidei depositum (11 octubre 1992): AAS 86 (1994), 113-118.
[4] Cf. Relación final del Sínodo Extraordinario de los Obispos (7 diciembre 1985), II, B, a, 4, en L’Osservatore Romano ed. en Leng. española (22 diciembre 1985), pag. 12.
[5] Pablo VI, Exhort. ap. Petrum et Paulum Apostolos, en el XIX centenario del martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo (22 febrero 1967): AAS 59 (1967), 196.
[6] Ibíd., 198.
[7] Pablo VI, Solemne profesión de fe, Homilía para la concelebración en el XIX centenario del martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo, en la conclusión del “Año de la fe” (30 junio 1968): AAS 60 (1968), 433-445.
[8] Id., Audiencia General (14 junio 1967): Insegnamenti V (1967), 801.
[9] Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 57: AAS 93 (2001), 308.
[10] Discurso a la Curia Romana (22 diciembre 2005): AAS 98 (2006), 52.
[11] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 8.
[12] De utilitate credendi, 1, 2.
[13] Cf. Agustín de Hipona, Confesiones, I, 1.
[14] Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 10.
[15] Cf. Juan Pablo II, Const. ap. Fidei depositum (11 octubre 1992): AAS 86 (1994), 116.
[16] Sermo215, 1.
[17] Catecismo de la Iglesia Católica, 167.
[18] Cf. Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm. Dei Filius, sobre la fe católica, cap. III: DS 3008-3009; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 5.
[19] Discurso en el Collège des Bernardins, París (12 septiembre 2008): AAS 100 (2008), 722.
[20] Cf. Agustín de Hipona, Confesiones, XIII, 1.
[21] Juan Pablo II, Const. ap. Fidei depositum (11 octubre 1992):AAS 86 (1994), 115 y 117.
[22] Cf. Id., Carta enc. Fides et ratio (14 septiembre 1998) 34.106: AAS 91 (1999), 31-32. 86-87.







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viernes, 18 de enero de 2013

DOMINGO 20 ENERO 2013: Evangelio

Jn 2,1-12: En Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos.


En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí; Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.
Faltó el vino y la madre de Jesús le dijo:
-No les queda vino.

Jesús le contestó:
-Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora.

Su madre dijo a los sirvientes:
-Haced lo que él diga.

Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.

Jesús les dijo:
-Llenad las tinajas de agua.

Y las llenaron hasta arriba.
Entonces les mandó:
-Sacad ahora, y llevádselo al mayordomo.

Ellos se lo llevaron.

El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo:

-Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú en cambio has guardado el vino bueno hasta ahora.

Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él.

Después bajó a Cafarnaúm con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días.

martes, 1 de enero de 2013

1 ENERO 2013: SANTA MARÍA MADRE DE DIOS


Lucero del alba,
luz de mi alma,
santa María.

Virgen y Madre,
hija del Padre,
santa María.

Flor del Espíritu,
Madre del Hijo,
santa María.

Amor maternal
del Cristo total,
santa María. Amén.

viernes, 28 de diciembre de 2012

EL OBISPO DE ROMA ESCRIBE EN EL "FINANCIAL TIMES"


(©L'Osservatore Romano - 23-30 de diciembre de 2012)
(Extraído de www.vatican.va)









Navidad, tiempo de compromiso en el mundo







El "Financial Times" del 20 de diciembre publicó un artículo -cuya traducción ofrecemos- escrito por Benedicto XVI a petición del periódico británico con ocasión de la Navidad y de la difusión del libro sobre la infancia de Jesús.



"Da a César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios" fue la respuesta de Jesús cuando se le preguntó lo que pensaba sobre el pago de impuestos. Quienes le interrogaban obviamente querían tenderle una trampa.

Querían obligarle a tomar posición en el candente debate político sobre la dominación romana en la tierra de Israel. Y en cambio estaba en juego mucho más: si Jesús era realmente el Mesías esperado, entonces ciertamente se opondría a los dominadores romanos. Por lo tanto la pregunta estaba calculada para desenmascararlo como una amenaza para el régimen o como un impostor.

La respuesta de Jesús lleva hábilmente la cuestión a un nivel superior, poniendo finamente en guardia frente a la politización de la religión y a la deificación del poder temporal, junto a la incansable búsqueda de la riqueza. Sus interlocutores debían entender que el Mesías no era César, y que César no era Dios. El reino que Jesús venía a instaurar era de una dimensión absolutamente superior. Como respondió a Poncio Pilato: "Mi reino no es de este mundo".

Los relatos de Navidad del Nuevo Testamento tienen el objetivo de expresar un mensaje similar. Jesús nació durante un "censo del mundo entero" querido por César Augusto, el emperador famoso por haber llevado la Pax Romana a todas las tierras sometidas al dominio romano. Sin embargo este niño, nacido en un oscuro y lejano rincón del imperio, estaba a punto de ofrecer al mundo una paz mucho mayor, verdaderamente universal en sus fines y trascendiendo todos los límite de espacio y tiempo.

Se nos presenta a Jesús como heredero del rey David, pero la liberación que llevó a su gente no se refería a tener vigilados a los ejércitos enemigos; se trataba, en cambio, de vencer para siempre el pecado y la muerte. El Niño Jesús, vulnerable e impotente en términos mundanos, tan distinto de los dominadores terrenos, es el verdadero rey del cielo y de la tierra.

El nacimiento de Cristo nos desafía a pensar en nuestras prioridades, en nuestros valores, en nuestro modo de vivir. Y aunque la Navidad es indudablemente un tiempo de gran alegría, es también una ocasión de profunda reflexión; es más, un examen de conciencia. Al final de un año que ha significado privaciones económicas para muchos, ¿qué podemos aprender de la humildad, de la pobreza, de la sencillez de la escena del pesebre? El relato de Navidad puede introducirnos a Cristo, tan indefenso y tan fácilmente cercano. La Navidad puede ser el tiempo en el que aprendamos a leer el Evangelio, a conocer a Jesús no sólo como el Niño del pesebre, sino como aquél en quien reconocemos al Dios hecho Hombre.

Es en el Evangelio donde los cristianos hallan inspiración para la vida cotidiana y para su implicación en las cuestiones del mundo -ya suceda en el Parlamento o en la Bolsa-. Los cristianos no deberían huir del mundo; al contrario, deberían comprometerse en él. Pero su implicación en la política y en la economía debería trascender toda forma de ideología.

Los cristianos combaten la pobreza porque reconocen la dignidad suprema de cada ser humano, creado a imagen de Dios y destinado a la vida eterna. Los cristianos obran por una participación equitativa de los recursos de la tierra porque están convencidos de que, como administradores de la creación de Dios, tenemos el deber de atender a los más débiles y vulnerables, ahora y en el futuro. Los cristianos se oponen a la avidez y a la explotación con el convencimiento de que la generosidad y un amor desprendido de sí, enseñados y vividos por Jesús de Nazaret, son el camino que conduce a la plenitud de la vida. La fe cristiana en el destino trascendente de cada ser humano implica la urgencia de la tarea de promover la paz y la justicia para todos.

Dado que tales fines son compartidos por muchos, es posible una colaboración mucho más fructífera entre cristianos y otros. Y sin embargo los cristianos dan a César sólo lo que es de César, pero no lo que pertenece a Dios. A veces, a lo largo de la historia, los cristianos no han podido condescender con las peticiones llegadas de César. Desde el culto del emperador de la antigua Roma hasta los regímenes totalitarios del siglo recién pasado, César ha intentado ocupar el lugar de Dios. Cuando los cristianos rechazan inclinarse ante los falsos dioses que se proponen en nuestros tiempos, no es porque tengan una visión anticuada del mundo. Al contrario: ello ocurre porque son libres de las ligaduras de la ideología y están animados por una visión tan noble del destino humano que no pueden aceptar componendas con nada que lo pueda insidiar.

En Italia muchas escenas de pesebres se adornan con ruinas de los antiguos edificios romanos al fondo. Ello demuestra que el nacimiento del Niño Jesús marca el final del antiguo orden, el mundo pagano, en el que las reivindicaciones de César se presentaban como imposibles de desafiar. Ahora hay un nuevo rey, que no confía en la fuerza de las armas, sino en el poder del amor. Él trae esperanza a cuantos, como Él mismo, viven al margen de la sociedad. Lleva esperanza a cuantos son vulnerables en los cambiantes destinos de un mundo precario.

Desde el pesebre Cristo nos llama a vivir como ciudadanos de su reino celestial, un reino que cada persona de buena voluntad puede ayudar a construir aquí, en la tierra.







martes, 25 de diciembre de 2012

LA SITUACIÓN DEL REAL MADRID CLUB DE FUTBOL Y SU SOLUCIÓN

No me guía ninguna mala ni segunda intención. Creo que la situación planteada -desconozco el origen y lo que supone, en sí misma- en el Real Madrid tiene una solución, que yo fijaría en los siguientes puntos:


1. Todos los jugadores, todos, empezando por Casillas, siguiendo por Ramos y continuando por Ronaldo tinen que estar a las órdenes del entrenador. Punto. Es lo mejor para ellos y para el Real Madrid. Que no hagan oidos a falsas sirenas.

2. El entrenador debe ser inteligente y reflexionar. Ha metido la pata en varias ocasiones. Su método de jugar al tira y afloja con la prensa le ha superado; ha vencido la prensa. Parte de esta prensa deportiva es muy "jodida", no estoy de acuerdo con ella, pues, es sectaria y ha ido, desde el principio a por Mouriño y Florentino Pérez. Pero hay lo que hay y Mouriño o los que le aconsejen tenían que haberle advertido que el derrotero tomado solo les llevaría al descalabro.

3. Todos unidos, vestuario y entrenador tienen que pedirse disculpas mutuamente (ambas partes han metido la pata: Casillas, Ramos... y Mouriño y sus caprichosas alineaciones) y remar en la misma dirección. Todos saldrán ganando: jugadores (con ningún entrenador, mejor que con Mou, van a tener asegurados los éxitos, sobre todo teniendo en cuenta las circunstancias de edad, diversidad de plantilla, egos, en definitiva, etc); entrenador, nunca va a tener -salvo que fuera en junio al Barsa, que ni soñando- un equipo mejor que el Madrid para aumentar su curriculum; ningún equipo, ni el Barsa,  da más fama y más popularidad que el Madrid; y el Club, que saldría ganador de muchos de los torneos en los que compite el equipo, siempre que entrenador y jugadores vayan en la misma dirección.

Si cualquiera de las partes, jugadores, entrenador o club rompen el statu quo, todos perderán. Pero, me atrevo a decir que el que saldría peor parado sería el entrenador. Salir mal del Madrid le dejaría macado for ever. Casillas y Ramos no obtendrían muchas ganancias, pues, el que viniera les iba a atar en corto, por aquello de que "cuando las barbas de tu vecino veas cortar, echa las tuyas a remojar". El club también perdería, pues, el Barcelona podría seguir otros 2 ó 3 años siendo el mejor. Florentino tampoco lleva un palmarés para lucir en cuanto a contratación de entrenadores se refiere. Solución: Olvidarse de la prensa, reconciliarse entre ellos -jugadores y entrenador- y tirar hacia adelante, pensando que están en el mejor equipo del mundo y que eso les exige lo mejor y algo más. Ah, se me pasaba. CR7 debe también hacer examen de conciencia. Su problema es psicológico: Debe madurar de una puñetera vez. ¿Qué más le da si Messi es mejor que él? El es él y nada mal le ha ido. Si al otro le va mejor, pues, que lo disfrute. En sueldo y dinero generado publicitariamente no le va a la zaga. Incluso dicen que el portugués supera el argentino. Si es así, ¿de qué se queja? Venga, tío, a madurar y a currar, que estás en el mejor escenario que puedas tener. En el Barsa no te admitirían y tras el Madrid el Barsa es el mejor club del mundo. ¿Quieres volver a United Kingdom, al Manchester United, para que el gordito de Ronney te haga la vida imposible? En el Madrid los compañeros no te reverencian -no te hace falta-, pero, te respetan y saben que eres uno de los 3 ò 4 mejores jugadores de la historia del futbol. ¿Qué más quieres?

lunes, 24 de diciembre de 2012

FELIZ Y SANTA NAVIDAD



En esta Noche santa de Navidad, aprovecho para desde aquí felicitar a todo el mundo la Pascua de Navidad. Deseo a todos una Feliz Navidad: A los parados, encontrando trabajo lo antes posible, para que no se menoscabe su autoestima y su personalidad; a los enfermos, que logren un pronto restablecimiento y lleven con esperanza cristiana su cruz; a los que asisten a los enfermos: familiares, médicos, enfermeras, religiosos, capellanes, para que en cada enfermo, en cada hermano enfermo, descubran a Cristo que les pide ayuda y se lo agradece; a los migrantes, para en estas fechas reaviven el recuerdo de sus raíces y sean acogidos por los países receptores como hermanos; a los políticos, para que el Bien Común sea la única estrella que guíe su actividad pública; a los que han perdido este año algún ser querido, para que pongan en Cristo la esperanza de volver a encontrarse con ellos; a los jóvenes, para que no desesperen, continúen formándose y puedan encontrar un puesto de trabajo en la sociedad donde se desarrollen como personas; a todo el mundo, de verdad, de corazón: ¡FELIZ NAVIDAD y que Cristo venga a nuestros corazones y potencie en nosotros la bondad y el amor fraterno!

sábado, 22 de diciembre de 2012

IV DOMINGO DE ADVIENTO: Evangelio





Lc 1,39-45: ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?


En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías, y saludó a Isabel.
En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo, y dijo a voz en grito:
-¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre.
¡Dichosa tú, que has creído! porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.